Ya no hay hora segura ni día tranquilo: la Ruta 27 se ha convertido en un caos vial permanente, donde las presas son tan predecibles como inevitables. Desde el peaje de Piedades de hasta San José, miles de conductores enfrentan cada jornada una batalla contra el tráfico, el cansancio y la frustración.
Cada vez son más los vehículos que se incorporan a esta carretera nacional, alimentados por el crecimiento acelerado de nuevos condominios y residenciales en zonas como La Guácima, El Coyol, San Rafael de Alajuela, Santa Ana y Escazú. A diario, miles de vecinos de estas comunidades utilizan la Ruta 27 para llegar a la capital, formando interminables filas que paralizan la vía durante horas.
A este caos se suma el crecimiento acelerado de la flota vehicular, donde cada año ingresan miles de automóviles nuevos a las carreteras, aumentando de manera significativa la cantidad de carros que circulan por las principales rutas nacionales. Este aumento constante de vehículos, sin una ampliación proporcional en la infraestructura vial, agrava un problema que ya sobrepasó los límites.
Según denuncian los propios usuarios, las municipalidades continúan aprobando proyectos habitacionales sin una planificación vial real, motivadas —dicen muchos— por el interés en aumentar sus ingresos municipales. El resultado: más casas, más carros y una carretera que simplemente no da abasto.
El panorama empeora con los choques y colisiones frecuentes que ocurren sobre la ruta, los cuales terminan de colapsar el tránsito y multiplican los tiempos de viaje. En medio del caos, el servicio de transporte público tampoco ofrece una alternativa eficiente, por lo que la mayoría se ve obligada a utilizar su vehículo particular.
Mientras tanto, el marchamo sigue aumentando cada año, engordando las arcas del Estado, pero sin traducirse en mejoras para quienes padecen las presas diarias. “Pagamos más, sufrimos igual y nadie arregla nada”, resumió don Juan Carlos Ramírez resignado mientras esperaba avanzar unos metros usando el servicio de transporte público.
Así, la Ruta 27 se consolida como el símbolo perfecto del colapso vial costarricense: una carretera de peajes altos, tráfico eterno y promesas incumplidas, donde los conductores pagan caro por moverse lento.














































